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Chantajistas

Bajo el techo agujereado del Congreso de los Diputados, los representantes de los dos partidos más votados en las últimas elecciones generales -allá por 2008- han negociado los términos, expresiones y giros que forman el futuro artículo 135 de la Constitución Española. “Allá” y “futuro” son también términos, expresiones y giros que nosotros hemos elegido cautelosamente.

Primero, entremos en “futuro artículo”. Es absurdo plantear la hipótesis del rechazo: algo menos del 83,81% de los culos de buen asiento del Congreso apoyan esta medida -el pico que falta dentro de este porcentaje tiene nombre y apellidos: Antonio Gutiérrez. Se ha asomado un poco fuera del muro y la lluvia le ha calado-.

PP y PSOE ocupan más de cuatro quintos del Hemiciclo. Si se guiñan los ojos, se confunden sus colores. Si se guiñan un poco más, parecen ser dos únicos entes. Con los ojos abiertos, uno advierte que esa confusión aparente tiene su fundamento en una confusión real de ideales y de diferencias que no lo son, de debates que se esquivan y cuyos oponentes se parecen más de lo que exigiría un duelo típico. En otras palabras: pedir listas abiertas para elegir a los candidatos es, ahora mismo -repito: ahora mismo-, pedirle al cielo que no esté ahí. Se escoja a quien se escoja, lo que en España se elige es una sigla. Por tanto, los políticos actúan en consecuencia, como monigotes sin nombre ni apellidos. Siguiendo este razonamiento, no podemos culparles tampoco de dejarse llevar por la corriente: son monigotes sin nombre ni apellidos.

En fin: por número de diputados y por filosofía política, el artículo 135 es un hecho.

Hablábamos también del lejano 2008: “allá por…”. Las elecciones generales llevan celebrándose cada cuatro años -salvo periodos excepcionales no mucho más cortos- como uno de los cambios fundamentales de la Transición española. La comparación con la dictadura fue, en su momento, ventajosa y pertinente. Pertinente en los dos extremos ideológicos: por un lado, era necesario que el pueblo, tras casi cuarenta años -baste la idea de tirarse pagando nuestra hipoteca actual de principio a fin bajo una dictadura- eligiera por sí solo. Por otro lado, estaba claro que, a pesar del progresivo deterioro del régimen, quienes tenían el poder eran franquistas. Y no iban a permitir un cambio que les atragantara el almuerzo. Así que surgió una democracia que, bajo las viejas lentes de la dictadura, carecía de rayaduras y máculas: era un nuevo camino, parecía un nuevo sistema. Una nueva España. Fue un cambio de muchísimo mérito: de todas las opciones posibles, la coyuntura sólo hacía viable una, y esa fue la que se escogió. A España le tocó la lotería. Faltaban pocos años para que acabara la década de los 70.

Hoy, en 2011, debemos pensar críticamente. Es un deber político. Un deber para con nuestro país. Quizás una de las razones del inmovilismo es que el nacionalismo español ha estado monopolizado por el nacionalismo franquista. No caben en esta España de hoy ni Unamuno, ni Machado. No cabe Ortega. El español, por regla no escrita, debe escoger entre dos banderas, entre dos pensares, entre dos países. Nuestro deber político es acabar con esta diferencia. Y para liquidarla, es necesario pensar en un nuevo nacionalismo, un enfoque que busque el bien de todos los españoles. La metáfora del caserón abandonado es efectiva: lleno de suciedad por todas partes, con cañerías obsoletas y muros agrietados. España necesita un ingeniero. Un diagnóstico. Una nueva mirada.

En 2011, la coyuntura ha abierto muchos otros caminos. Se puede elegir. No hay razón para no hacerlo.

El inmovilismo nos ha llevado a un país sin identidad y dividido, sin control ciudadano. El último paso de este deterioro es el traspaso de nuestra identidad -en un fenómeno que sufren otros países- en manos de los mercados. Debemos reconocer que estos nuevos tiempos erosionan la propia base de los nacionalismos: en todas partes se comen hamburguesas de McDonald’s, en todas partes la gente vive entre muebles de IKEA, en todas partes la gente se conecta a Facebook. Es un mundo nuevo, globalizado: por parte de los ciudadanos, el único peso de la balanza es Internet. La red permite el movimiento transnacional, la organización de protestas en todo el mundo bajo una misma indignación -problemas comunes a personas que viven bajo condiciones parecidas generan indignaciones comunes-. En este escenario, sin embargo, no se pueden negar las diferencias, las propias identidades. No hay que confundir la cultura de consumo con el pensamiento. Ni las hamburguesas ni los muebles hacen que dos personas piensen igual. Lo hace el inmovilismo.

Y las condiciones de nuestro sistema de elecciones hacen natural el inmovilismo. Los españoles que votan en cualquier elección tienen la feliz responsabilidad de meter un papel en una urna cada cuatro años; para calmar esa espera hay elecciones de diversa índole: municipales, autonómicas, generales o europeas. Unas elecciones -obviando la campaña publicitaria y mediática, cada vez más clamorosa y falta de sustancia- se desarrollan de la siguiente manera: los partidos políticos redactan programas electorales. Un programa electoral consiste en un conjunto de medidas económicas, políticas, sociales, medioambientales, diplomáticas, sanitarias, alimentarias, bélicas, urbanísticas, infraestructurales y lúdicas que se resumen en dos tipos: las que se cumplen y las que no se cumplen. Su índice de lectura por parte de los ciudadanos comparte niveles con el del Boletín Oficial del Estado. Algunos ciudadanos votan, otros no votan. Un partido vence. Durante cuatro años -salvo adelanto electoral-, gobernará el país, con mayoría simple o con mayoría absoluta, en función de qué proporción de los ciudadanos que hayan votado hayan elegido a ese partido.

Bien: en un sistema político sano, en el que las diferencias ideológicas son palpables, en el que los políticos actúan no sobre su cargo sino bajo ciertos derechos y deberes asegurados por ley, en el que la Constitución prima en cualquier circunstancia, en el que los ciudadanos votan con honestidad y conocimiento de causa, los votantes pueden y deben confiar en la profesionalidad de los políticos. Ellos toman por nosotros las decisiones. En resumen, un sistema político ideal se podría resumir en la siguiente frase: “Yo voto a esta persona porque sé que va a hacer las cosas como yo las haría”. 

Las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 desarrollarán el siguiente epigrama: “Yo voto a estas siglas porque no espero que hagan las cosas como yo las haría, ni siquiera espero que hagan las cosas con sentido común, ni siquiera espero que hagan las cosas, o algunas cosas, o algo, pero a alguien hay que votar y hago esta elección por costumbre, desinterés, manía o por seguir la corriente”.

No podemos esperar que los partidos políticos, en las condiciones en que la política se desarrolla en nuestro país, actúen como nosotros queremos. No podemos hacer nada durante cuatro años. De hecho, en un fenómeno de doble dirección, ni muchas de las promesas se cumplen, ni muchos de los sucesos que tienen lugar durante estos cuatro años podían predecirse y, por ello, mucho menos prometerse.

De hecho, la crisis nos ha permitido ver que nosotros, como ciudadanos, no somos los únicos que votan. De hecho, no somos los principales votantes. De hecho, nuestros votos se basan en elecciones de minorías, en palabras y hechos difundidos por los medios de comunicación, en discursos preparados, en encuentros calculados. La masa votante no sabe lo que ocurre detrás de las cámaras y de los micrófonos. No sabe lo que realmente ocurre. Nuestro voto elige realidades ficticias. Normal que luego estemos desorientados. Que estemos indignados.

Las agencias de calificación -Fitch, Standard&Poors y Moody’s- no son chantajistas por naturaleza. Lo son por la posición preeminente que les otorga el sistema económico. Lo son por la cobardía de los políticos -que, pensémoslo bien, por un lado no son tan cobardes: ¿cuánto poder real tienen siquiera los políticos en este orden de cosas?; y por otro lado sí lo son: ese poder que han perdido se lo otorga la socialdemocracia: permite el control de los desmanes financieros, y seguro que habría evitado que quienes provocaron la crisis estén ocupando ahora cargos similares o incluso mejores, mientras el dinero de todos paga sus errores-. Lo son porque es más espectacular ver a un hombre robando en una casa que saber que un hombre le ha robado el dinero a un millón de familias como daño colateral de sus negocios. Otra coyuntura, otra opción, otro pensamiento, habría evitado que, por las amenazas de estas agencias, se cambiara la Constitución, el texto donde se recoge la identidad de un pueblo. No lo olvidemos.

No lo olvidemos porque se ha venido olvidando desde hace bastantes años. La Constitución, para algunas cosas, es obligatoria. Para otras, no merece la pena. Los políticos son los principales responsables de esta situación. ¿Hemos de culparles? Ya hemos dicho que, por su filosofía de trabajo, no debemos. Son monigotes sin nombre ni apellidos. Son niños pequeños. El establecimiento del límite del déficit en un artículo de la Constitución viene a decirle a los políticos: “Si no os ponemos límites, vais a seguir haciendo lo que os salga de las narices”. Los propios políticos, con esta medida -vendida como eficaz tranquilizador de la desconfianza financiera- reconocen su propia incapacidad para ejercer de forma responsable su oficio.

¿Se merece también nuestro país una ciudadanía irresponsable? No.

De ser así, España no nos merece.

Un debate

James Mcyol -que comentó la entrada de “La ética como salida”- defiende el capitalismo. Yo estoy en contra.

Por favor, leed sus enlaces y luego mi comentario y los suyos. Pensad y opinad.

La ética como salida

Llama la atención el estado de la política en España: ahí la vemos, tumbada en una cama, no sabemos si la del chalé de la sierra o la del hospital. Llama más aún la atención el efecto mágico que tiene el tiempo -sigo hablando de política- en las mentes de los ciudadanos. Ese poder, ese influjo, se concentra en los días de campaña electoral, en los que parece descubrirse un nuevo mundo, la otra realidad en la que se hicieron bien las cosas -o en la que se hicieron aún peor, si habla la oposición-. Y todos quedamos maravillados por las promesas de un futuro cuajado de lo único que debe ir cuajado: de futuro.

¿Qué nos pasa? Que la democracia, en España, siempre es la mejor solución, y no hay que criticarla. Y hay que advertir de algo muy importante: criticar no es derogar; reformar no es demoler. ¿O acaso Moneo ha destruido el Museo del Prado?

La democracia actual tiene muchas taras, muchas heridas. El tiempo la ha cubierto de años, y se le ven algunas arrugas, pero sobre todo mucho polvo. De tan sagrada que es, nadie se atreve a tocarla.

¿A qué se debe esto? Resulta cuanto menos confuso: la política, salvo honrosos casos de dignidad y respeto, no ya por los ciudadanos, sino por el paso del tiempo, parece haberse quedado parada, el pie atrapado en las vías del tren. Y el tren no para. La dificultad que tiene España de navegar en el tiempo, esa facilidad que tenemos de ahogarnos en la apatía y la rabia por la reforma que no acontece -no he dicho revolución: he dicho reforma- tiene su causa en el requerimiento de que en todas las acciones políticas se aluda al espíritu de la Transición: y como borreguitos nos adormilamos, pegados a la estufa del recuerdo -que todo lo lustra-, con los ojos cerrados mientras el mundo gira.

En España, cualquier conflicto se debe resolver mediante fórmulas del pasado, especialmente en política. Y como empleamos el espíritu del pasado, todo es política. Todo está rodeado por la política. Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil. Esto último lo dijo Ortega y Gasset -y yo lo suscribo-. Hoy, los conflictos del pasado -y, de regalo, los del presente- se quieren resolver con fórmulas y actitudes del pasado. Baste el ejemplo de ligar en un bar recitando una rima de Bécquer.

Problemas como el de la Memoria Histórica se estancan por este deseo contumaz de quedarse pegado a la estufa. No diré si es necesario o no tratar estas causas: ese es otro tema.

Del mismo modo, el abandono que de sí hace la democracia, de las causas que la impulsan en su raíz, se resuelve hoy como en el pasado: se postule uno como se postule, siempre será tachado de izquierdista o de derechista. O de imbécil; y empiezo a sospechar que ambas denominaciones tienen más en común de lo que parece.

Hoy es necesario un nuevo espíritu, una nueva cultura: la política debe sacar su pie del raíl, pegadita a la dictadura, donde tan atractiva figura produce en los espejos. Y si no quiere moverse, serán los ciudadanos los que la muevan. Para reformarla, para quitarle el polvo, para curarle las heridas y ver qué falló y qué se puede mejorar. La cuestión no es ser de derechas o de izquierdas. El problema fundamental es ser ético o no serlo. Y éticos -como imbéciles- hay en todos los vecindarios.

La chispa

Para que no dejemos de leer el debate que fomentó, y los enlaces de interés a ella, a petición de r01010010 (del blog Esto no puede seguir así) incluyo un enlace a la entrada “Indignémonos” (original del blog “Brisa, color y seda”).

En movimiento

En el grupo (el enlace lo tenéis junto al título del blog) se están tratando -junto con otros temas- los posibles puntos a defender, la base del cambio que pedimos. Ninguno de ellos se refiere a un partido político concreto, ni a ninguna ideología. Todos están orientados alrededor de una práctica ética de la política y de la democracia.

Estamos en movimiento. Os invito a pasaros y comentar lo que os parezca pertinente.

Los indignados

Mi entrada “Indignémonos” tuvo muchos comentarios y visitas. Brisa, color y seda es un blog personal, en el que cuento mi vida. Por ello, no lo veo el escenario más adecuado para hablar de política. Así que creo este blog, en el que iré -junto con más personas- publicando entradas sobre lo que pasa.

No debe quedar aquí la cosa. No queremos explosiones, sino llamas que perduren. Eso es lo que necesita quien quiere actuar y no sabe cómo. He descubierto, gracias a todos vuestros comentarios, que hay muchísimas ideas, montones de asociaciones y grupos de actuación, cada uno con sus métodos, pero todos -creo- con un objetivo común: justicia. Es una palabra prostituida, pero cargada hoy y siempre de significado.

Estamos desengañados, pero esa desgana debe conducir a la indignación: una rabia sostenida. Queremos que cuando se duerma nuestra ambición, otra persona nos despierte. Y nosotros a ella. Dadnos un día de silencio, y se dormirán todas estas palabras. La chispa se prendió y no queremos que se apague.

Por eso, la gente propone cosas. Los que sepan deben hacer algo. Y muchos les seguirán. Se ha creado un grupo para que hablemos todo esto, para que preparemos una asociación. Quiero tener un lugar en el que poder ofrecer mi ayuda. Seguro que hay diferencias. También puntos comunes. Que nos escuchen. Anunciad la creación del grupo en vuestros blogs, en meneame, en twitter, facebook, tuenti, poned comentarios en las noticias de los periódicos… Todo lo que se os ocurra. Cuántas personas vuelcan su dolor en un grito negro que no encuentra luz. Alumbrémonos el presente. Somos los indignados.

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